lunes, 12 de febrero de 2024

Crónicas de un café

      Me gusta frecuentar la panadería del barrio no tanto por la calidad de su café y panes, sino porque afuera del local hay dos mesas de color verde perlado que me facilitan las cosas cuando llevo allí a Preta y a Flora, mis perritas y compañía. Estas mesas en particular tienen debajo de las tapas dos trocitos de lámina doblados en úes, unidos con soldadura a la estructura metálica que las soporta, y que en la mente del soldador tal vez cumplían la función de colgar las bolsas de mercado de la fatigada clientela, que recién llegada de los supermercados aledaños, a sorbo de una Coca-Cola, un masato, una avenita casera o el cotidiano café, podría disponer de la superficie con mayor confort. Sin embargo, en el tiempo que he frecuentado esta panadería, no he visto que una sola bolsa de mercado se bambolee debajo de la mesa. Quizás porque sea preferible ocupar el espacio con las manos ociosas e inquietas que golpear una lata de atún o una panela, macerar la fruta o quebrar los huevos con las ansiosas y neuróticas rodillas. Yo paso uno sobre otro la argolla de los collares en uno de los dos ganchos y pido un café.  A veces la curiosidad marca sus giros y el fracaso de un soldador que puso dos ganchos debajo de las mesas para colgar bolsas de mercado termina siendo un éxito cuando de atar perros se trata, pues estos ganchos son casi perfectos para los collares de los canes. Felicito pues al soldador y a su ingenio, pues sus ganchos para bolsas de mercado son una muestra clara de que en todo fracaso siempre será posible otra lectura.  

 

jueves, 22 de junio de 2023

Noches

Muy lejos finges una idea para fijármela, para que yo siga ahí, creyéndolo todo ingenuamente. Acá la noche me quema más que de costumbre con su maldito silencio y con ese frío que sabe a tu ausencia, a tu muerte, a mi enfermedad. No estábamos preparados para irnos ni teníamos la certeza de poder quedarnos, esperábamos como idiotas las noticias, pero nunca llegaron las que en verdad queríamos. La soledad se fijó a nuestras costumbres y nos fuimos yendo poco a poco, muriéndonos en todo lo que pudimos ser y nunca fuimos. Ahogamos los días en la cama y en ella metimos a otros que hacían lo mismo que hacen todos los que no buscan nada más que perder un poco. Mentimos y mantuvimos por años la misma farsa con la urgencia del mitómano. Urdimos en nosotros mismos todos los rencores posibles y de vez en cuando los dejamos flotar sobre algún recuerdo tenue de alguna noche de amor o sobre el idilio de esa lejana ternura adolescente de los besos en las madrugadas. Dejamos que el tiempo lo destruyera todo, el tiempo que no cura nada; el tiempo que aniquila la esperanza, la fe y todas ganas de vivir. Sabíamos que estábamos destinados al desencuentro y nos buscábamos con un poco de compasión el uno por el otro. Sí, era la compasión la que nos movía, un sentimiento absurdo de solidaridad que no servía para nada más que fastidiarnos desde adentro, sin tener que decirnos nada. Y así, en silencio, nos metimos en la cama sin el cuerpo del otro, fingiendo amar y creyendo en la idea de otros sentimientos más nobles y maduros, pero lo único que ardía era el odio y ese animal triste en que se terminan convirtiendo los hombres cargados de deseos de muerte, de una muerte ajena, desinteresada; de una muerte sin nombre ni historia; de otro amor naciente en el acto de la penetración. 


lunes, 11 de agosto de 2014

Ensoñación I



Los ojos abiertos como se abre el día, felices de amanecer con esperanzas, con la certeza de ver y oler la mañana.

Un viejo piano en mis manos y mi voz en mis sueños moribundos. Todo se amasa en el aire: nace uno en mí, lejos de mí. Un susurro pongo en la oreja naciente para aliviar mis faltas que son las mismas de siempre. 

Nada te digo. Sólo canto mi memoria. Miro el cristal bruñido que imprime un cuadro de la infancia llena de sueños. Estoy frente a ti. Me desdoblo y viajo lejos de aquí. Allá está el otro. Allá lo dejé y hoy lo traigo. 

Te invoco Orfeo, te hago una humilde plegaria: “Dame un canto que me alcance hasta la muerte y lleva esta voz trémula con el aliento de tu lira”… Es verdad. No me alcanzará la voz. No llegará hasta ningún dios. Mejor escucho las bocas de la madrugada, me lleno del murmullo de su fantasía. Me pierdo en uno de sus viajes y no vuelvo.  

Canta vida, canta ahora que puedes. Canta y no me dejes tan solo. Cantan los ojos, esos ojitos que no ven la mancha que crece, con los años, en la córnea de la mente, en la tierra del corazón. 



jueves, 31 de julio de 2014

Uno más, uno menos

                                       
The crying Boy. Bruno Amadio
Una lista gruesa de hombres tengo. Tú eres sólo uno. ¿Creías que te quería? Ya es hora de que  despiertes de esa modorra, porque ya ni tu sexo me complace. Lo tomo sólo porque a veces me recuerdas a los hambrientos y, con ellos, hay que ser caritativa.  Esa es mi religión.

Ahora ya lo sabes: No fue solo Fabio,  también fueron Jhon, Nelson, Javier, Carlos, Jonatan y otros de los que tuve caridad. No te los menciono a todos, pero ten claro que nombres hay de todas las letras. Además, no vale la pena gastar saliva contigo. Suficiente fue la que se me quedó esta noche en la cama, la misma que tú tomaste. No pienses que fue deseo. La verdad sé muy bien el lugar que piso. Yo camino libre y atiendo a mis enfermos, los curo y se van.

Contigo es diferente. Por tanto soñar estás condenado a morir enfermo y yo con enfermos terminales no me acuesto dos veces. Para ti, sí que es difícil que metas en tu cabezota que esa es mi naturaleza, así he sido siempre; incluso cuando te quise.

Ahora, querido, una lista de espera hay que atender. Vete y llévale esas palabras de poeta a alguna que se las coma, yo no creo en eso. Yo nunca te las creí. Siempre me parecías un niño que le pide a su madre, con palabras bonitas, alcanzar un juguete. Eso de la poesía es de niños, de mariposos y de mujeres sentimentales. Yo no creo en eso. Yo deseo muchas cosas y ni tú, ni tus palabras están en la lista. No tienes con qué. ¡No chilles, cobarde!,  al hombre que lo hace nada bueno le espera en un mundo de machos. ¡Vete!, ni siquiera yo que soy mujer me pondría a llorar. Uno más, uno menos, me da igual.

(Por Edison Quiroga Mateus)

sábado, 26 de julio de 2014

No te vayas tan pronto

No te vayas tan pronto

En qué momento la piel se nos hizo oscura, cuándo fue el último día en que nuestros ojos hablaron en silencio. No te vayas. Quédate. No te vayas tan pronto que ya sé de tu partida. No me la menciones. Quédate y apriétame las manitas como antes, como en los días en que yo iba contigo al mercado . En qué momento nuestros pasos se pusieron tan pesados. Ya sé que no te irás aunque un ave mítica te lleve a una copa de las montañas de tu pueblo. Te quedarás en mi memoria. Estarás en lo que soy y lo que seré. Pero no te vayas tan pronto. Antes quiero una de esas arepas de soja y trigo que aun haces en las mañanas; esas mismas de las que yo tanto renegaba cuando mis pasos eran tan decididos. También me gustaría un beso tibio en la mejilla, uno de esos besos que se convierten en abrazo, ese de tus manos que me hace recordar cuando tu vientre era mi casa. Ya sé que te irás, no me lo digas. Mejor cuéntame qué hiciste cuando tenías mi edad. ¿También te enamoraste y te perdiste en la vaga idea del amor? Sí, yo lo sé. Sé que somos seis hermanos que salimos casi como un racimo. Uno tras otro como las horas. Ya lo sé. No me cuentes esa parte, esa es mi memoria. Mejor dime cualquier cosa. Mejor pégame un regaño de esos que me dejaban quietecito cuando estaba en la cocina con mis hermanos, respirando el olor de las fritas y de la aguadepanela... Echa memoria, recuerdas que decías "sálganse de aquí no demuestren tanto el hambre". Yo lo recuerdo.  Era un regaño dulce porque si nos quedamos allí las tortillas desaparecían. Era dulce porque todos teníamos hambre de niños. No te vayas. Antes espera a que te escriba algo en tu memoria. Antes déjame decir que te quiero con la mesura del mal hijo. Porque no me creo bueno. Antes de que te oscurezcas enciéndeme una velita que ilumine lo que me queda de vida. Elvia, mujer, madre yo soy tu hijo. No lo olvides así ya no estemos en casa como antes. 

lunes, 10 de marzo de 2014

Crónica de la primera vez.


El cafeto





Los siete primeros años de mi vida los viví como campesino;   desmatoné potreros, recogí guayabas, encerré a los terneros, prendí el fogón de leña, olí la tierra y me incorporé en la misma como cuando un niño se introduce en ese universo de gotitas brillantes que forman los charcos. Se podría decir que nadé en la selva, pero exagero porque ahora ya no soy niño ni tengo un mundo tan grande.   También me amarré el cuncho a la cintura. No sé si esa palabra siga en uso para designar al recipiente que se usa para la recolección del café. En mi tiempo se trataba de un tarrito de aceite de oliva -que no era de oliva, así era la marca- cortado en la parte superior.
Usted podrá imaginarse bien la tarea de la recolección y hasta encontrarla amena, sin embargo no era mi caso. De pie y no de rodillas -como me correspondía- coger café es todo un arte, pues se necesita bastante destreza para seleccionar el fruto maduro del verde de manera que todo se haga rápidamente y que el recipiente se lene de pepas y no de hojas. Por lo menos así era en las fincas que conocí de pequeño. La prisa que entonces afanaba al obrero era la justa, pues por más bultos que cogiera siempre recibiría el valor de su jornal. Ahora las cosas han cambiado y el tipo de obrero también. 

No hace mucho, en vacaciones,  quise recordar algo de eso que llevo dentro y que poco a poco en la ciudad he ido olvidando; eso  de ser campesino. Un buen amigo me dijo: “Oiga compadre Tinson necesitan gente para coger café en la hacienda, pagan por kilos y hay buena cosecha”… Lo pensé por unas horas y después de hacer algunas reflexiones y cálculos de matemática básica decidí  trabajar una semana recolectando café en la hacienda de los hermanos Ramírez. Pero  mi propósito no era estrictamente vivir la experiencia cerca del campo por unos días. Detrás del deseo estaba la necesidad;  el afán de conseguir unos pesos para pagar aquellas deudas que en ocasiones son como los perros bravos de las fincas por las que tenía que pasar de niño. Entonces tenía que deslizarme con mucho cuidado, bien armado de chamizos y dispuesto a correr, ahora debo conseguir trabajo y armarme con billetes  para que no aparezcan los perros furiosos. 

El lunes es un día en el que, a veces, me invade un sopor infernal que domina mi voluntad en las madrugadas y con el que lucho para no caer en la suntuosa vida de un amo patético que espera todo servido en su cama. ¡No más! Le grité a mi desgraciada voluntad y, ésta, como si fuera una cosa aparte de mí, tal vez otro, como el de Rimbeaud, se sacudió y al fin me dejó saltar y desatarme del placer matutino que cobija a cualquier muchacho universitario en plenas vacaciones. Era necesario, después de haberme sacado la pereza con agua fría, tomar el bus que todos los días parte de San Gil hacia  Mogotes.

A las 6 de la mañana  me dirigía a la hacienda. Tenía que bajarme en un ramal a mano izquierda; unos 700 metros antes de llegar a la ladrillera Versalles, también de los hermanos Ramírez, situada a unos 7 kilómetros de distancia de mi punto de partida. De allí caminaría unos quince minutos hasta llegar a la casa de la finca. Y hablaría con Alexander… Sin embargo, después de viajar asiéndome con fuerza de unos manubrios metálicos a lado y lado de la puerta del bus y expuesto  a la brisa fría de la mañana, olvidé por un momento el lugar en el que debía bajarme. Mejor dicho descendí del bus casi en la ladrillera.

Cuando llegué a mi destino dos perros bien nutridos salieron a darme la bienvenida con ladridos y muecas poco agradables que dejaban ver sus colmillos dispuestos a clavarse en alguna parte de mi cuerpo, sin embargo, gracias a la señora Claudia, estos no me ocasionaron dolencia alguna más que la del estómago por el susto de la recibimiento y por no haber desayunado en casa.  Después, un hombre alto a quien le despuntaba una barba descuidada, unos dientes manchados y con una panza de político me saludó y dio algunas pautas necesarias para entender el asunto.  
-¿Usted si ha cogido café?
-Sí ¡claro! No me rinde mucho porque hace tiempo no lo hago,  pero eso no se olvida.
-Entonces, coja estos costales para cuando vaya llenando, este saco pequeño amárreselo bien al lado del coco para que eche las pepas verdes y tome este garabato pero no lo vaya a perder porque no hay más.
Yo asentí, buscando ofrecer una buena actitud, en seguida le dije:
-¿Don Alexander  y el corte dónde va? ¿Está lejos de aquí?
-No, camine y le digo por dónde arranca. Eso sí le recomiendo que no me deje reguero. Porque estos güevones me van a llenar los cafetales de plagas. Y después cómo me le hago el güevón a don Antonio cuando me pase la cuenta de cobro.   
-No, claro que no.

Terminada la conversación con el administrador de la hacienda, empecé por un surco que no parecía tener buena pinta. Lo primero fueron unas matas pequeñas que apenas tenían algunos frutos maduros, pero el corte mejoraba en cuanto avanzaba. Entre tanto,  escuchaba risas y conversaciones de los otros obreros que como habían empezado antes que yo, y los surcos eran largos, iban ya bien adelantados, por lo que no alcanzaba a ver ningún rostro. Solamente veía como los rayos del sol que alcanzaban a pasar entre las ramas de los árboles se reflejaban en las pequeñas gotas que resbalaban de las hojas y los frutos, mientras mis dedos se esmeraban en seleccionar las pepas rojas lo más rápido posible. Sin embargo, el frío, el hambre y la humedad que desde el principio se hizo notar no me hacían amena la tarea. Aún me preguntaba para qué carajos se utilizaba el gancho que en un extremo estaba asegurado a una cuerda de fique. Yo seleccionaba los granos que desde el siglo XVIII  trajeron  los jesuitas  a Girón y Muzo -según lo describió Caballero y Góngora en 1787-, cuando  a mitad del primer surco sentí aproximarse un obrero, que por lo que había escuchado le decían El Manotas.

En pocos minutos este joven de unos 35 años se adelantó por su tajo sin mayor esfuerzo. Esto me sirvió para darme cuenta de que su sobrenombre se debía, tal vez, a la manera en que este seleccionaba los granos. Aunque contaba con los mismos diez dedos que todo ser humano suele tener, cada uno de estos era dos veces uno mío, su grosor se parecía al de un maestro de construcción. Este tipo agarraba las ramas de café desde su nacimiento y como insinuando arrancarlas de tajo, deslizaba sus manos a toda velocidad hasta las puntas sin hacer la mínima expresión de dolor o incomodidad. Definitivamente me vi incitado a cambiar mi técnica, pues mientras yo cogía pepa por pepa y procuraba no echarle hojas ni frutos verdes al pote del café, El Manotas pelaba los cafetos sin consideración alguna; todo paraba en su recipiente: hojas, granos,  ramas y hasta los bichos no se salvaban de la mano del hombre. Este, después de tener repleto el cuncho sacaba lo que no servía y todo quedaba listo. Quise copiar su técnica pero la cosa no era tan fácil, ya que cada vez que pasaba mis manos por las ramas salía de mi boca un: “mmm, ¡Va la madre con estas pepas!”,  expresión que parecía ser efectiva para contrarrestar el dolor, a causa de alguna astilla o elemento punzante que se clavaba en mis dedos.

 Al medio día llamaron para el almuerzo. Apenas medio jornal y ya me dolían las manos, las tenía ligeramente aruñadas, y mi moral parecía derrumbarse al darme cuenta de que mi rendimiento como recolector era similar al de Carolina, una muchacha de unos 18 años que se había enlistado como obrera. No porque fuera mujer y más joven que yo, no. Sino porque en ella notaba unas delgadas manos blancas incapaces de desnudar los cafetos de su follaje. Su cabello castaño que caía hacía la parte derecha reposaba cómodamente sobre su pecho, marcándose levemente en la parte izquierda el volumen de uno de sus senos. Un blusón rojo parecía reflejarse en sus labios delgados y frescos de tono opaco. Su figura armónica, sin duda alguna, significó para mí un deleite visual y un golpe a mi ego, pues, la jovencita sin tener que prendérsele a las ramas había recolectado más o menos la misma cantidad que yo llevaba.

Sentados todos en cuatro mesas grandes de madera la mayoría comía con bastante apuro, ya que por cada cinco minutos perdidos se dejaba de coger un kilo de café. Yo comía más tranquilo y mirando a la chica imaginaba cómo podía ser su vida. En medio de un mundo de hombres, unas cuantas mujeres, algunos niños y una  sola joven que robaba la atención de los que estábamos allí. Me fijé que  la mayoría de los obreros tenían botas, sombreros, camisas de manga larga y plásticos atados al cuello y que cubrían la espalda. Yo en cambio, llevaba una camiseta de manga corta, un pantalón viejo, unas botas North-stars de cuerina, y la única parte que sentía seca era la que cubría el balde. Yo fui el último en terminar de almorzar. Comí tranquilamente mientras me distraía viendo las bondades de la naturaleza. No me importaba perder algunos pesos. Solo quería tomar las cosas con más calma.

Pero esa tranquilidad duró poco. Una vez que todos estábamos nuevamente en  los cafetales los toc- toc percutivos se escuchaban a prisa, las manotadas de frutos golpeaban los baldes vacíos y cada vez el sonido estridente  se hacía menor.  Cada obrero tenía su ritmo al que acompañaban con chistes y anécdotas de sus vivencias. Mi anécdota apenas empezaba. Me esperaban cuatro días más de humedad, frío, hongos en los pies, picaduras de gusanos, una mordida de un perro, una caída cuesta abajo y el reguero de café. Un puño de El manotas y también, tener que pernoctar esos cuatro días en un cuarto largo oscuro que emanaba los olores de 14 obreros. Solo pensaba que ser obrero es una cosa y campesino otra. Nada me importaba, con tal de ver las bellezas de la naturaleza. Todo lo resistí, todo lo soporté y todo valió la pena cuando los labios rosa de Carolina se juntaron la última noche a los míos.  




Crónica de la navidad


El pesebre movible

Adoration of the Shepherds 1646. Oil on canvas. National Gallery, London, UK Rembrandt: Adoración delos pastores, 1646. Oleo.

Si me preguntan qué recuerdos tengo  de la navidad,  pienso rápidamente en dos cosas; la primera  es  la Canción de navidad  de Silvio Rodríguez,  pieza que me gusta mucho,  y  la otra es haber robado a los ricachones del pueblo cuando era un adolescente.  En ese entonces junto con mi hermano y mi mejor amigo estábamos en boca de todo el mundo, aunque en realidad los únicos que tenían certeza de los autores de las pérdidas  éramos nosotros mismos. De la Canción de navidad  me gustaba  sobretodo esa  primera estrofa:

El fin de año huele a compras, 
enhorabuenas y postales 
con votos de renovación; 
y yo que sé del otro mundo 
que pide vida en los portales, 
me doy a hacer una canción. 
La gente luce estar de acuerdo, 
maravillosamente todo 
parece afín al celebrar. 
Unos festejan sus millones, 
otros la camisita limpia 
y hay quien no sabe qué es brindar […]”

Sin duda yo me identificaba más con el “otro mundo “, con aquellos que festejábamos  la camisita limpia, o la  alegría de echar mano a la ropa usada que los vecinos le regalaban a mi madre.  No importaba si era una camisa talla L en un cuerpo talla XS  o unos zapatos 42 en un pie 37, lo que importaba era cuadrar un poco en esa cultura que  en sus rituales estaba acostumbrada a comprar y estrenar el veinticuatro y el treinta y uno. La situación no era fácil, pero tampoco la veía muy difícil, solo vivía en las condiciones que me correspondía vivir.

Ya le había dicho la otra cosa que recuerdo,  la de los robos.  Bueno, pues por allá en diciembre del 2006, recuerdo que me gustaba mucho un pesebre que había hecho don Héctor, el carpintero del barrio. En su taller se reservó un pequeño cuarto para construir ese mundo fantástico, ese pequeño escenario de marionetas que yo creía escuchar.  Allí había una cajita en la que tocaba echar una moneda de doscientos pesos para que la función empezara. Yo estaba pendiente de la llegada de los visitantes. Tan pronto los veía entrar al taller de  Don Héctor corría de mi casa y me les pegaba para poder ver la función. Claro que no era el único que esperaba esos momentos. Éramos varios, pero él único que tenía una visión diferente era Encho, un pelado que era como un mecánico chiquito. Él armaba y desarmaba lo que encontrara, era muy pilo y yo varias veces estaba ahí, con él,  aprendiendo y ayudando.  La moneda de doscientos pesos caía en la cajita y  don Héctor que siempre tenía  su cigarrillo en la boca y las gafas polvorientas encendía el motor de medio caballo de fuerza. Se hacía la magia, todos los peladitos de la cuadra éramos bobos mirando cómo cada figurita se movía y tomaba vida. Parecía como el cuento de pinocho, solo que en este lugar los muñecos estaban siempre condenados a ser de madera. Se escuchaban las cadenas que pasaban por los piñones que, a su vez, activaban los ejes, las poleas y las bielas. Todo era un sueño. Al mecánico chiquito se le ocurrió que nosotros podíamos armar un pesebre más grande con más luces, con una cascada, con ovejas, con un leñador y con pueblos más parecidos a Belén. Habíamos empezado a soñar con un pesebre en el que se viera cómo  despertaba el día y como se acostaba el sol y también soñábamos con tener una cajita más grande en la que cayeran las monedas de los turistas.

Al año siguiente desde noviembre comenzamos a trabajar en el proyecto. Encho, que era el mayor, el más experimentado  y ya conocía algunas bases de palancas sería el líder. Mi hermano, el más pequeño y yo seríamos los coadyuvantes.  No teníamos un peso. Nada. Sin embargo sabíamos que teníamos  que decorar la casa, para que se viera llamativa. ¿Pero cómo hacerlo sin un bendito peso? Pues el plan consistía en que construiríamos los muñecos en icopor o papel; haríamos también una montaña gigante -con papel reciclado y almidón- que sería atravesada por un río accionado por una motobomba,  y sobre la base de la montaña  estaría Belén, los pastores, los reyes  y demás personajes.  ¿Quién nos apoyaría con nuestra empresa? Nadie. Estábamos convencidos que a nadie le interesaría ayudar con una idea de esas y aún menos  las personas cercanas, porque la mayoría  eran evangélicas que veían tal cosa como idolatría y no como arte.  En vista de la situación buscaríamos las luces navideñas en las madrugadas,  desde la una hasta las dos y media. No se podía en otra hora. No veíamos esto tanto como robar. Era más bien un préstamo. Lo único que concebíamos  era en conseguir como fuera aquello que hiciera falta.

En la casa  de Encho ya sabían que estábamos haciendo un pesebre movible, pues durante varios días me había quedado en las noches fabricando ovejas en papel e icopor, mientras Encho, al estilo de un relojero, acomodaba piñoncitos y motores dentro de los animales.  Éramos como una especie de semidioses echados del Olimpo, a merced de nuestras ideas, de nuestras ganas y de nuestra capacidad de hacer vida.  Pero lo de semidioses se iba cuando nos daba sueño, hambre y sobre todo cuando los chorritos de silicona, con los que pegabamos el icopor, caían sobre los pies descalzos o en las manos delgadas y mugrientas. Eso si nos hacía echar madrazos y maldecir a los dioses, la ventaja era que cuando nosotros trabajábamos ya todos estaban durmiendo y no escuchaban nada. Porque si me hubiesen escuchado un insulto o un madrazo, seguramente tendría que haber soportado la vaciada de doña Angela y hasta el destierro.  Significaba  pasar de semidiós expulsado del Olimpo a hombre puesto de patitas en la calle; era la salida del paraíso, porque esa casa para mí era como el cielo. Así como eran de suculentas las vaciadas de doña Angela eran también sus platos de comida.    

Otros días Encho se quedaba en mi casa, y ahí, era cuando aprovechábamos para salir sin que nadie se diera cuenta. Las madrugadas eran bien frías y nosotros bien soñolientos, pero el sueño  se nos pasaba cuando empezábamos a buscar las instalaciones navideñas más bajitas. La cuestión resultaba bastante sencilla con las  mayas de luces, pues estas colgaban solamente de dos o tres  puntillitas. Con un palo de escoba, al que le habíamos incrustado en diagonal un tornillo en una punta a manera de horqueta, engarzábamos los cables y “va pa abajo” –decíamos-.  Cada mañana se repetía la función.  Al principio solo íbamos Encho y yo.  Nos daba un poco de miedo, pues había que estar bien pendientes. Uno bajaba las extensiones navideñas, mientras el otro vigilaba. Luego de conocer la vuelta, estábamos más confiados. Uno bajaba los cables repleticos de bombillitos y el otro se echaba un  sueñito.  Una vez duré como treinta minutos bajando una sola extensión. Le habían metido puntilla a lo loco. A final de la semana ya teníamos más de la docena de extensiones. La última vez que bajamos una yo me subí a un balcón, había varias cosas allí, un casco, una bicicleta, varios juguetes, un balón. Yo lo único que bajé fueron lo bombillitos de colores mientras cantaba a voz bajita:

Tener no es signo de malvado 
y no tener tampoco es prueba 
de que acompañe la virtud; 
pero el que nace bien parado, 
en procurarse lo que anhela 
no tiene que invertir salud”.

Abajo estaban  Encho y mi hermano. Yo les mandé la extensión y ellos solo me jodían la vida.  –Ole Tinson, tírese rápido que viene gente, o se va a quedar dormido ahí. Nosotros nos abrimos. Usted  mirará cómo  se baja-.  A dos cuadras un grito retumbó en el silencio de esa mañana:  -¡Ladrones! Hijueputas, ustedes son los que están pelando el pueblo. Los voy a matar-. Yo como pude me tiré del balcón y córrale. Encho y mi hermano me habían sacado ventaja e iban cagados de la risa más adelante. Yo en cambio, estaba como frío.  El corazón casi se me salía del pecho. Me di cuenta que esta mierda que estábamos haciendo podía pasarnos de expulsados del  Olimpo a hombres y de hombres a difuntos pecadores.  Y eso era bien grave. Cómo carajos entraríamos a reino de los cielos si la biblia era clara: “Los ladrones no heredarán el reino de los cielos”.  Desheredados  de la única posesión que teníamos.  ¿Sin tierra, ni cielo  para dónde iríamos? Pues para el infierno. Aunque en realidad en el fondo, con temor y todo, sabía que para mí no existía ni lo uno ni lo otro.

Después de esa “purgada” paramos el asunto de las luces, igual, ya teníamos lo necesario para decorar bien bonita la casa. Lo que venía era buscar muñecos de plástico en los pesebres que hacían en las calles de los barrios.  Robamos ovejas como ningún lobo lo hubiera hecho mejor. También conseguimos a los reyes magos y cualquier muñeco que fuese de caucho, pues teníamos que quitarle lo que nos importaba: la cabeza y los brazos, lo demás era fácil de hacer.  Conseguimos los suficientes y comenzó la carnicería. En las noches, ¡A  quitar cabezas y brazos! Mientras que en el día, ¡A ponerle estrellitas del cielo a la casa! Por lo menos la casa iba bien. En efecto, una de las casas más pobres del barrio estalló en rimbombancia. Todo el mundo que pasaba por el frente no dejaba de mirarla. Los turistas hasta fotos se sacaban.  Yo me pregunto si los que ponían los ojos en las luces juzgaban la decoración o se preguntaban cómo nosotros  siendo tan pobres teníamos para comprar tantas extensiones. 

Las preguntas empezaron y a todas nosotros respondíamos lo mismo. “Las compramos con la plata  de la chatarra que vendimos. Además esa plata se recuperará cuando empecemos a cobrar por la entrada al pesebre movible que estamos haciendo”.   Algunos se reían, otros solo se quedaban pesando y otros nos decían “¿No serán ustedes los que están mencionando por la radio, los mismos que se han robado las extensiones de las casas de Ragonetsi?  -Acaso nos han visto,  en vez de joder tanto deberían dejarnos hacer lo que nos gusta, hacer eso que a ustedes a nuestra edad jamás se les habría ocurrido-”.  Seguimos trasnochando, pero entonces, trabajábamos en la construcción de la montaña y los matachos.  La primera fue más fácil de hacer, en cambio, hacer los muñecos nos llevaba mucho tiempo. Al cabo de unos días desesperados cogimos dos palos y destruimos todo lo que habíamos hecho. En parte porque mi madre no soportaba que le sacáramos la harina destinada para las arepas del desayuno y la utilizáramos para cocer el almidón.  También acabamos con todo porque a Encho no lo dejaban  salir como antes por los rumores. En fin, el hecho es que volvimos mierda esa montaña.

Al año siguiente volvimos a empezar. No concluimos nada porque Encho tenía que trabajar en construcción. Sin embargo, el tercer intento ocurrió al tercer año. No podíamos dejar las cosas a  medias y menos  que la gente se burlara de nosotros. Se nos ocurrió que era mejor hacer  funcionar  todo por medio de poleas, ejes y bielas. Como cuando uno pedalea una bicicleta. Mientras una palanca sube la otra baja.  Asimismo, como habíamos estudiado en un colegio técnico,  sabíamos algo de soldadura, algo de estructuras básicas y  Encho sabía bastante de bicicletas, tanto que tenía una que se había hecho de madera.  Esta vez empezamos por el armazón. Es decir desde adentro de la montaña y no sobre la montaña. Como ya trabajábamos invertíamos algo de nuestro dinero en los materiales. Ya teníamos un equipo de soldadura y herramientas. En cierta medida, eso hizo que la gente nos tomara un poco más enserio.  Beto, el hermano mayor  de Encho se nos unió a la causa, también Yadira, la esposa de Beto y hasta don Heliberto, el papá de Encho vino a ayudar. Después de haberlo intentado durante tres años,  y habiendo pasado por caídas, por robos, sustos, y sobretodo por la necesidad, logramos hacer el pesebre movible. Tenía día y noche, música de fondo,  luces, leñadores, ovejas que movían la cabeza y  un río que se desbocaba desde la cima de la montaña de más de metro setenta de altura. Había un pueblo con casitas que dejaban ver entre las puertecillas y ventanas  a gente dentro con luces en las mano o señoras moliendo maíz.  Era más grande que el pesebre  de don Héctor, ocupaba la sala de la casa. Finalmente decoramos la casa y escribimos un letrero al frente que decía: ¡Bienvenidos al pesebre movible!  Mientras tanto yo seguía tarareando el coro de la canción del poeta cubano.

miércoles, 5 de marzo de 2014

Crónica sobre un vicio

Bazuco en el andén[1]



Bazuco en el andén

La escritura es la pluma del cerebro, eso dijo Bachelard, ese poeta que soñó alegremente la palabra. A mí me cuesta escribir. Parece que mi pluma vuela, parece ser que aún no desea aterrizar en mi cerebro. Todavía no consigue decir cosas inteligentes. Sí que es difícil conseguir que las palabras tengan la fuerza de un río tormentoso pero con el caudal de una línea de agua. Sin embargo, ayer salí a la calle y respiré su aire; me sumergí en esa atmósfera de ruido, de silencio, de noche; salí a buscar una historia. La calle estaba llena de palabras. Estaba llena de ideas que esperaban el aliento de alguien que se atreviera a atraparlas. En el fondo pensaba que era difícil construir una historia porque, a veces, mis ojos solo ven una pared enorme de hierro frio. A veces no veo nada. Yo no sabía muy bien qué escribir, pero la verdad es que la noche me llevó a las historias de los que ya no respiran oxígeno pues lo cambiaron por el humo del bazuco.  Apenas la oscuridad cobijó el sol me dirigí a la décima con veintiséis; a la misma esquina que en el día es una heladería y en la noche, debajo de su toldo, es la cama de algún hombre.  Allí estaba sentado uno a quien saludé como si fuera un íntimo amigo… Sus primeras palabras: “Todo bien, regáleme una moneda, pal viaje”.  -¿Para qué?-  Disimulé no haber entendido. Para el buque. Asintió.  Y qué es el buque –pregunté-.  “La pipa parcero, pero,  ¿Sí me va a dar una moneda?”...

Me senté cerca de él, sobre el andén que la lluvia había humedecido. Yo fingía conocer su territorio, sus pasos, sus vicios. Pero no tenía la mínima idea de nada de eso. Acaso, ¿Yo podría saber lo que significa  dormir  en un andén? ¿Sabría qué es una ilusión causada por el bazuco? ¿Sabría qué es la vida cuando se fulmina al cerebro? Aún no lo sé.  No lo quiero saber.  Que cosa tan falsa la de querer ponerse en los zapatos del otro. Nunca se alcanza a conocer la desgracia que cubre a los hombres de la calle… Antes de salir de la casa había pensado en no complicarme. Por un momento quise escribir sobre un vicio mío, o de algún amigo.  “Al fin y al cabo todos somos unos viciosos”, me decía. Pero salir y respirar de cerca el aire impregnado de bazuco, más que sumergirme en un letargo, me llevó a ver que quizá un maldito vicio mío es vivir en una burbujita que a ratos se eleva tanto que pierdo de vista el mundo. Lo digo porque fuera de ella huele a todos esos malos olores que perfumamos día a día. Esos olores que no solo brotan del cuerpo sino también de nuestros actos.  

Bastaba con ver las canillas, los brazos y la cara de Víctor para darse cuenta que su olor ácido y amargo se debía tal vez a la capa oscura que lo poseía, una de un color casi equiparable al de la greda asfáltica. Era como estar hablando con un hijo literal de la calle, como si los parches grises y negros, le hubieran sido heredados por sus genes y en ese momento fueran su cuero.  O tal vez, como si de algún  andén mugriento hubiera emergido este hombre, no hecho de arcilla, ni de tierra, sino concebido  del cemento,  de la greda y de los restos de los excrementos.

-¿Cuántos años tiene? Le pregunté mientras movía su cabeza como si se la quisiera arrancar del cuello y como si sus manos las controlara alguien distinto a él, pues se torcían, casi involuntariamente, arañándose la piel del pecho y la espalda.

-Yo, pues ya no recuerdo. Lo que sí recuerdo es mi nombre completo, Víctor Alfonso Prada Vanegas. Oiga si me va a regalar una moneda. Usted  lo que necesita es hacer una tarea  ¿verdad? (mira mi libreta de apuntes)...  Ah, es como una entrevista. A mí varios pelaos de la UIS me han preguntado cosas, hasta en el TRO me entrevistaron una vez. Algunos fueron muy buenos; unos hasta un mercadito me dieron. Claro que lo que yo quiero es completar para pegarme un carrazo. ¿Cuánto tiene y yo le ayudo con su tarea?...

Víctor salió desde una finca en Chaparral, Tolima a los ocho años. Se montó en una tractomula para nunca más regresar a las montañas del suroccidente colombiano. Su destino las calles de la vorágine de Bogotá. Esas que se tragan a cualquiera que camine despacio. Las mismas donde la pobreza y la violencia decidieron bajarse a esperar un turno para comer o para matar. El chiquillo llevaba poca ropa y mucha hambre, razón  por la que antes de ocho días de estar allí, probó primero la gasolina, pasó al thiner, luego al varsol y se quedó por unos años con el bóxer.

-Al principio no consumía mucho, y por eso pude estar dos años en la casa del padre Javier de Nicoló. Yo me quedaba en los patios de la 12, de la 24, y a veces en la casa del padre. Éramos 22 niños los que estábamos con el padre, en La Florida de Idipron. Luego me mandaron para el Chocó. Allá estuve tres años. Después llegué al Tuparro en Vichada, duré como tres meses. Allá me pusieron a decidir si me quedaba en el con el padre o con la calle. La calle me pareció más grande, casi como una madre.

Mientras Víctor me hablaba observé cómo las personas cambiaban de acera cuando pasaban y nos veían. Un miedo les salía por los ojos. Yo lo vi y casi que lo sentí. Uno de esos miedos domesticados. Tal vez, les parecíamos restos de la sociedad, todos apilados intentando tomar forma humana, tratando de decir algo que nadie escucha, algo que nadie quiere ver, algo que solo lo sienten los hijos de la calle. Quizá lo que esas personas si notaban eran los olores desagradables de los que tampoco se habla. La llovizna levantaba un vapor que era capaz de confundir mi sentido del olfato. En ese instante el olor de la calle era el hedor del hombre sentado a mi lado.

-Cuando salí me metí al Cartucho, le pegué a la mariguana. La mariguana era un relajante, pero ahorita ya no me hace nada. Me gusta porque cambia la motivación de la reacción. Después me puse a comprar la pura, armaba la banana y me la fumaba.

-La banana, ¿qué es eso?

-La banana es el mismo  carro, el mismo coche, pero no tan duro como el bazuco. Lo más bueno son las bananas, porque uno está relajado, es como estar entre trabado y distrabado. Uno pone en la papeletica un poquito de mariguana, después migas de cigarrillo y encima el veneno.

-¿El veneno?

-Sí, el Montoya, el mismo bazuco.

-¿Por qué lo llaman así?

-Porque ya conozco la velocidad. Ya sé cómo el corazón late. Uno con el tiempo ya sabe cuáles son los síntomas de cada cosa. Si uno mete pegante sabe que quita el hambre y lo pone a uno a dormir, en cambio, el bazuco es lo más hijueputa. Lo deja a uno a la plena ñero. La primera vez que armé la pipa lloré del mismo embale. Yo sentía que todo el mundo me miraba, como si me fueran a pegar, veía como sombras, como espíritus. Si miraba algo fijamente y al rato se le cambiaba de lugar. Desaparecía. Pero no es lo mismo con el pistolo el calillo. Esos no aceleran tanto. Relajan, pero no son lo mismo. A mí me gusta más fumar en pipa. Víctor me enseñó la pipa que hizo juiciosamente con un lapicero y con un pedazo de marcador. El primero servía de conducto y la base del marcador era el potecillo en el que se echaba la droga. Me causaba curiosidad la recursividad del aparato. Creí que era de su ingenio, pero no. Me dijo que lo había aprendido hacer en Bogotá.

Víctor acostumbra a comprar el bazuco sobre la calle diecisiete con cuarta, me dijo que una papeleta vale 2000 pesos: “esa es la cuenta que pago para armar el bicho. Son 2.5 gr los que me pasa el jíbaro y son más de 250 gr los que me meto todos los días”.

-El jíbaro es el que tiene la pesada. Con los jíbaros la cosa es seria. O se les paga o uno termina como el Wilman, cortado en pedacitos. Por eso, sea como sea hay que conseguir la plata. A veces estoy de buenas y me encuentro algo en la basura, restos de oro o plata y los vendo.

-¿Qué hace cuando no consigue plata?

-Lo que hay que hacer: Pido y si no me dan me acuesto a dormir, pero ya hace dos semanas que no duermo. Cuando uno mete no duerme. Siempre hay que meter.

Mientras hablaba con Víctor pasaron otros como él. A todos los saludó. A todos los conocía. Ninguno se acercó, excepto un muchacho que cuando lo hizo me señaló un llavero con forma de barquito que destellaba luces azules y rojas. Víctor se paró inquieto y me dijo que se iba en el carro. Dio algunas vueltas, parecía como si fuese un genio de Aladino, envuelto en un nubarrón de humo que apenas le dejaba ver su rostro. Al rato se fue y me dejó con el muchacho.

-Parcero -me dijo moviéndose de un lado para otro, agitado, desesperado por 350 pesos que le hacían falta para la papeleta, -deme 350 por el barquito. Mírelo que está bien bonito. Hágale parcero… ¿Qué le preguntaba al vaguito? (se ríe mientras mira a Víctor cuando se va) Mírelo como despega. ¿Qué escribe?-.

-Algunas cosas de la vida de Víctor.

- ¡Uy! ¡Ñerito deme 2000 pesos y le cuento toda mi vida! Si quiere me estoy hasta tres horas con usted.

-Pailas mi viejo no tengo plata. Le dije.

-¿Cuánto tiene? No importa lo que tenga deme unas monedas y yo le cuento. Sabe escriba ahí: Mi nombre es Juan Carlos Rodríquez, tengo 20 años… ¡Escriba! Mi vida empezó así… Lo primero fue el cigarrillo a los 13 años. Me los fumaba a escondidas. A los 14 años probé la vareta.  Sisas parce, la vareta la compraba con los del parche de la 19. Esa mierda me arrastró, no podía sino pensar en meter. Empecé a robar y después caí en cana por homicidio.

Juan Carlos pareciera luchar con sus movimientos, intentaba armar su pipa, pero no podía, se deseperó:

-¡Hijueputa!, que mierda esta.

-¿No puede armarlo (le pregunto)? ¿Cómo se arma?

-No marica, yo no le voy a enseñar a armar esta mierda.

-No, solo quiero saber cómo se hace para describirlo.

-Ah, pues mire, uno… uno acomoda el lapicero o el palillo de bombombun en este huequito. Lo mete bien cerradito a la pipa, luego acomoda el aluminio encima que es laencarpada. Lo más importante son los huequitos sobre el aluminio. Con esta agujita los hacemos bien bonitos, así chiquiticos para que sea más duro el golpe… Venga, ¿sí me va a dar los 350? Deme esas monedas chino. ¡Hágale, en la buena!.. Listo parcero, le sigo contando. Le dije que caí en cana por matar a un vaguito. Lo maté porque le casqué al hermano. El pirobo me hizo estos lances (me indicó cómo en sus hombros y en su espalda se veían las gruesas cicatrices) y yo lo cogí ytrusqui, me lo llevé por el pecho, aunque yo casi paro las patas; con la puñalada en la espalda el muy perro me mandó al hospital, donde me pusieron tubo a tórax. Después mi mamá me hizo entregar a la tomba. Cuando estuve en la cárcel fue peor, consumía mariguana al soco. Salí y probé las pepas. El Rivotril. Esas pepas lo enlocan a uno. Después probé el bazuco, llevo seis meses metiéndolo y un mes sin dormir.

-¿Y no ha ingresado a algún centro de rehabilitación?

-Sí claro, estuve un mes en Shalom. Me escapé cuando le robe la cartera al pastor. Le robé 600 mil pesos que me sirvieron para metérmelos en menos de dos semanas.

-¿No le gustaría salir de esto, de la adicción?


-¡Qué si me gustaría! Ñero, no me gustaría ¡Me encantaría! Pero dios y el diablo me tienen aquí. Listo parce. Yo me pierdo. Me esfumo, sin letras como dice la canción de Juanes. Deme las moneditas pa’ completar el viaje. Yo le di lo que tenía porque mientras a él le hacían falta 350 pesos para seguir fulminando su cerebro y su vida,  a mí me hacían falta todas estas palabras para una historia. Sin embargo, ahora que escribo esto me doy cuenta que en mi burbuja se vive muy bien. Casi que uno se acostumbra a ser egoísta.  




[1] Por: Edison Quiroga Mateus, Universidad Industrial de Santander. 

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Crónica de un hospital.

Una pequeña historia de seres trashumantes
La antesala de la muerte[1]
  
LA NIÑA ENFERMA DE EDVARD MUNCH
óleo sobre lienzo 119, 5x 118,5 cm
Oslo, Nasjonalgalleriet

La habitación 28 del Hospital San Juan de Dios siempre suele estar ocupada; allí han fallecido niños, jóvenes, ancianos, hombres, mujeres, cristianos, ateos, de derecha, de izquierda y, en general; pobres. Esta pieza fría de paredes blancas y un olor capaz de incorporarse e impregnar hasta las emociones de los más entusiastas es  la antesala de la muerte para muchos. Fuera de ella, angustiados, hay miles de usuarios de las EPS haciendo fila con tutelas en mano para entrar al reino de los atendidos,  sin querer siquiera, entrar tan pronto al reino de los cielos. Todo es como un cáncer metastático que socava las esperanzas de los “usuarios”, de tener una vida más larga y generosa, y luego tirarlas en cualquier habitación esperando el turno para la entrada a la otra vida.

Así pasó con la señora Mari, ella era amiga de mi madre y de vez en cuando me cortaba el cabello. Cuando iba a nuestra casa emprendía largas conversaciones en torno a los amoríos nefastos de su hija Andrea, a las decisiones de su hijo Olbando, la poca atención de su marido Gustavo, así como las predicaciones emotivas del pastor Eliecer. Hace poco sus charlas amenas, su fortaleza y alegría se opacaron por  “unas pepas duras en los senos” (como ella decía)  que además de preocuparle esa molestia, ni siquiera podía soportar el  roce del brassier. Desde hace dos años estuba pendiente de la situación; acudía a las citas médicas que le otorgaba el seguro y, según ella misma decía, los médicos sugerían que era simplemente una inflamación de los ganglios. Con esa idea pasó de cita en cita sin un diagnóstico certero. Para ella el calvario apenas comenzaba: además de su extraña enfermedad se sumaban las preocupaciones del hogar, razones suficientes para que las conversaciones con mi madre se tornaran  pesimistas y en gran medida realistas.

En Julio del 2013, año y medio después de las primeras citas, una noticia llegó a la casa; la señora Mari tenía unos nódulos que debían extirparse cuanto antes. El rostro de la amiga de mi madre se empañó en melancolía y desolación. Desde ese entonces las conversaciones adoptaron un tono mezcla de tristeza por la noticia, esperanza por superar la enfermedad y, resignación al saber que un seno aún joven y cautivador se le arrancaría del pecho. Ella no confiaba en los médicos más que en su dios, por ello su fervor de creyente se incrementó en busca de un milagro, y de otra parte don Gustavo, hombre de apariencia frívola,  asintió una preocupación por el estado de salud de su compañera de años y procuró cuidarla como nunca antes.

Un día antes de viajar a Bucaramanga fue a la casa y se dio una pequeña conversación:

 -(Mi madre): señora Mari, pero cómo se le ocurre pintarse el cabello, eso no se puede hacer  antes de las cirugías. Ojalá por eso no le nieguen la operación.
 -(Mari): eso no se preocupe señora Elvia que es mejor verse bien aunque uno se muera por dentro. Además yo venía porque quería recomendarle los perritos, ahora que me vaya quién va a cuidarlos. Hágame el favor señora Elvia y los saca en las mañanitas y deles siquiera un pedazo de pan. Eso sí le ruego que no deje que se rejunten porque con la sarna que tiene Gigi se la prende al pequeño y ahí sí nos morimos los tres antes de tiempo.
-(Mi madre): cómo va decir eso señora Mari, eso usted se va poner bien después de la cirugía. Y no se preocupe por los chichangos que yo les pongo cuidado.
-(Mari): yo le  agradezco mucho señora Elvia, sin embargo, yo me voy a pintar el pelo porque si no… los médicos me ven así y me aplican la eutanasia; la vacuna que le dan a los que están moribundos. No hay sea que me pase como a Gigi, que lo llevé al veterinario y como lo vio así de sarnoso, me dijo que era mejor aplicarle la vacuna esa, disque para que descansara. Como si la muerte fuera el descanso que uno quiere cuando todavía no es hora de morir. No. Yo sé que mi Gigi quiere vivir un poquito más. 
-(Mi madre): pues eso sí es verdad. De todas formas yo le cuido los perritos.

Al día siguiente, en septiembre, fue posible llevar a cabo la operación en la ciudad de Bucaramanga. En seguida comenzó la lucha, por medio de tutela, contra la EPS por no autorizar medicamentos y cuidados especiales para un paciente con cáncer de seno. Las quimioterapias se demoraron y no fueron favorables por el avanzado estado de la enfermedad. Para entonces, otra noticia llegó a la casa: la señora Mari contaba con pocos días de vida. Entre tanto, el aire de tristeza y preocupación se incorporó como un amo imperioso capaz de romper a latigazos las cotidianas carcajadas a las que todos estaban acostumbrados. Reinó la indignación y la incertidumbre ante tal acontecimiento.
El tratamiento se suspendió y la señora Mari fue dada de alta, sin embargo, no tardó mucho en tener que internarse en la habitación número veintiocho del hospital del pueblo. Ella ya no habló más, solo apretaba la mano y miraba con una expresión de agonía hacia la puerta entreabierta. Todos sabían que ella quería vivir, ya que siempre se los había manifestado. Pero sufría como padecía su mascota Gigi. Muchas visitas recibió en esos días de noviembre y  de estas se esparcieron comentarios que avivaron algunas acciones por parte de don Gustavo e hijos. Por ejemplo, un rumor que se propagó se trataba de que la señora Mari no podía morir en paz porque estaba en pecado; ella no estaba casada. Y  decían algunas  hermanas de la iglesia El Shaday: “Ella tiene que casarse para que pueda descansar y entrar al reino de los cielos; es un mandato divino y dios no quiere a los tibios”.

Quizá los rumores y la  desesperación obligaron a don Gustavo a pedirle al pastor Eliecer –pastor de la iglesia El Shaday-  que realizara un matrimonio con el fin de ofrecer algo de paz a su conyugue. La petición fue denegada. Sin embargo, en medio del tormento  pudo contactar un sacerdote que cumplía oficios en el hospital. Pasado el mediodía del cuatro de noviembre se efectuó un matrimonio en el que hubo un sí por parte de don Gustavo y un leve apretón de manos de la vecina; todo dentro de un “pacto de fe que le permitiera la entrada al reino de Dios” según decía el sacerdote.

Después del acontecimiento,  don Gustavo seguiría de aquí para allá con papeles en  mano buscando que se trasladara a su esposa a un hospital de Bucaramanga. Mientras tanto ella seguía postrada en la cama con un tubo en la tráquea que le ayudaba a respirar. “Muchos casos como este hemos tenido” dijo una de las enfermeras: “es mejor que la dejen morir, que la desconecten… ella no vivirá… solo está sufriendo”. Sin embargo, sus familiares no permitirían que eso pasara, pues en algunos estaba la fe puesta en un milagro y en otros escuchar al menos la despedida de una madre y esposa que, mientras podía hablar, manifestó querer vivir.

Eran aproximadamente las cinco de la tarde cuando don Gustavo finalmente lograba la aprobación del traslado de su esposa a la ciudad de Bucaramanga. Mientras tanto ella iba a ser aseada en el baño de azulejos; las enfermeras desplazaron la camilla junto a la puerta del baño bajaron los pies de la señora Mari, dispusieron el cuerpo y este no respondió más. Lo siguiente fueron los gritos de Olga -la mataron, me la mataron...-, el tropel de las enfermeras y los médicos que con sus planchas directas al pecho sin seno intentaban una reanimación. Nada pudo hacer la ciencia, tampoco las oraciones lograron ablandar al dios para sacarle el milagro soñado. Y como diría una hermana de la iglesia el Shaday "todo fue mejor así; si se la hubieran llevado pa' Bucaramanga se les había muerto de camino. Así fue mejor, se ahorraron una platica y ella por fin descansó". 

Unas horas más tarde, por un momento, la habitación veintiocho del Hospital San Juan de Dios se encontraba vacía, más fría que de costumbre. Con sus paredes blancas, el olor a cloro y las sábanas limpias parecía esperar la pequeña historia de otro ser humano.  Entre tanto, un "usuario" más se avistaba por la puerta entreabierta, sin siquiera saber, que la salud ya no sería más un derecho esencial de todo ser humano.





[1] Por Edison Quiroga Mateus. Un pequeño homenaje a la vecina amiga de mi madre.  Algunos nombres fueron cambiados.