El cafeto
Los siete primeros
años de mi vida los viví como campesino;
desmatoné potreros, recogí
guayabas, encerré a los terneros, prendí el fogón de leña, olí la tierra y me incorporé
en la misma como cuando un niño se introduce en ese universo de gotitas brillantes
que forman los charcos. Se podría decir que nadé en la selva, pero exagero porque ahora ya no soy niño ni tengo un mundo tan grande. También me amarré el cuncho a la cintura. No sé si esa palabra siga en uso para designar al recipiente que se usa para la recolección del café. En mi tiempo se trataba de un tarrito de aceite de oliva -que no era de oliva, así era la marca- cortado en la parte superior.
Usted podrá imaginarse bien la tarea de la recolección y hasta encontrarla amena, sin embargo no era mi caso. De pie y no de rodillas -como me correspondía- coger café es todo un arte, pues se necesita bastante destreza para seleccionar el fruto maduro del verde de manera que todo se haga rápidamente y que el recipiente se lene de pepas y no de hojas. Por lo menos así era en las fincas que conocí de pequeño. La prisa que entonces afanaba al obrero era la justa, pues por más bultos que cogiera siempre recibiría el valor de su jornal. Ahora las cosas han cambiado y el tipo de obrero también.
No hace mucho, en vacaciones, quise recordar algo de eso que llevo dentro y que poco a poco en la ciudad he ido olvidando; eso de ser campesino. Un buen amigo me dijo: “Oiga compadre Tinson necesitan gente para coger café en la hacienda, pagan por kilos y hay buena cosecha”… Lo pensé por unas horas y después de hacer algunas reflexiones y cálculos de matemática básica decidí trabajar una semana recolectando café en la hacienda de los hermanos Ramírez. Pero mi propósito no era estrictamente vivir la experiencia cerca del campo por unos días. Detrás del deseo estaba la necesidad; el afán de conseguir unos pesos para pagar aquellas deudas que en ocasiones son como los perros bravos de las fincas por las que tenía que pasar de niño. Entonces tenía que deslizarme con mucho cuidado, bien armado de chamizos y dispuesto a correr, ahora debo conseguir trabajo y armarme con billetes para que no aparezcan los perros furiosos.
Usted podrá imaginarse bien la tarea de la recolección y hasta encontrarla amena, sin embargo no era mi caso. De pie y no de rodillas -como me correspondía- coger café es todo un arte, pues se necesita bastante destreza para seleccionar el fruto maduro del verde de manera que todo se haga rápidamente y que el recipiente se lene de pepas y no de hojas. Por lo menos así era en las fincas que conocí de pequeño. La prisa que entonces afanaba al obrero era la justa, pues por más bultos que cogiera siempre recibiría el valor de su jornal. Ahora las cosas han cambiado y el tipo de obrero también.
No hace mucho, en vacaciones, quise recordar algo de eso que llevo dentro y que poco a poco en la ciudad he ido olvidando; eso de ser campesino. Un buen amigo me dijo: “Oiga compadre Tinson necesitan gente para coger café en la hacienda, pagan por kilos y hay buena cosecha”… Lo pensé por unas horas y después de hacer algunas reflexiones y cálculos de matemática básica decidí trabajar una semana recolectando café en la hacienda de los hermanos Ramírez. Pero mi propósito no era estrictamente vivir la experiencia cerca del campo por unos días. Detrás del deseo estaba la necesidad; el afán de conseguir unos pesos para pagar aquellas deudas que en ocasiones son como los perros bravos de las fincas por las que tenía que pasar de niño. Entonces tenía que deslizarme con mucho cuidado, bien armado de chamizos y dispuesto a correr, ahora debo conseguir trabajo y armarme con billetes para que no aparezcan los perros furiosos.
El lunes es un día
en el que, a veces, me invade un sopor infernal que domina mi voluntad en las
madrugadas y con el que lucho para no caer en la suntuosa vida de un amo
patético que espera todo servido en su cama. ¡No más! Le grité a mi desgraciada
voluntad y, ésta, como si fuera una cosa aparte de mí, tal vez otro, como el de
Rimbeaud, se sacudió y al fin me dejó saltar y desatarme del placer matutino
que cobija a cualquier muchacho universitario en plenas vacaciones. Era
necesario, después de haberme sacado la pereza con agua fría, tomar el bus que
todos los días parte de San Gil hacia Mogotes.
A las 6 de la mañana
me dirigía a la hacienda. Tenía que
bajarme en un ramal a mano izquierda; unos 700 metros antes de llegar a la
ladrillera Versalles, también de los hermanos Ramírez, situada a unos 7
kilómetros de distancia de mi punto de partida. De allí caminaría unos quince
minutos hasta llegar a la casa de la finca. Y hablaría con Alexander… Sin
embargo, después de viajar asiéndome con fuerza de unos manubrios metálicos a
lado y lado de la puerta del bus y expuesto
a la brisa fría de la mañana, olvidé por un momento el lugar en el que debía
bajarme. Mejor dicho descendí del bus casi en la ladrillera.
Cuando llegué a mi
destino dos perros bien nutridos salieron a darme la bienvenida con ladridos y
muecas poco agradables que dejaban ver sus colmillos dispuestos a clavarse en
alguna parte de mi cuerpo, sin embargo, gracias a la señora Claudia, estos no
me ocasionaron dolencia alguna más que la del estómago por el susto de la
recibimiento y por no haber desayunado en casa.
Después, un hombre alto a quien le despuntaba una barba descuidada, unos
dientes manchados y con una panza de político me saludó y dio algunas pautas necesarias
para entender el asunto.
-¿Usted si ha cogido
café?
-Sí ¡claro! No me
rinde mucho porque hace tiempo no lo hago, pero eso no se olvida.
-Entonces, coja
estos costales para cuando vaya llenando, este saco pequeño amárreselo bien al
lado del coco para que eche las pepas verdes y tome este garabato pero no lo vaya
a perder porque no hay más.
Yo asentí, buscando
ofrecer una buena actitud, en seguida le dije:
-¿Don Alexander y el corte dónde va? ¿Está lejos de aquí?
-No, camine y le
digo por dónde arranca. Eso sí le recomiendo que no me deje reguero. Porque
estos güevones me van a llenar los
cafetales de plagas. Y después cómo me le hago el güevón a don Antonio cuando me pase la cuenta de cobro.
-No, claro que no.
Terminada la
conversación con el administrador de la hacienda, empecé por un surco que no
parecía tener buena pinta. Lo primero fueron unas matas pequeñas que apenas
tenían algunos frutos maduros, pero el corte mejoraba en cuanto avanzaba. Entre
tanto, escuchaba risas y conversaciones
de los otros obreros que como habían empezado antes que yo, y los surcos eran
largos, iban ya bien adelantados, por lo que no alcanzaba a ver ningún rostro.
Solamente veía como los rayos del sol que alcanzaban a pasar entre las ramas de
los árboles se reflejaban en las pequeñas gotas que resbalaban de las hojas y
los frutos, mientras mis dedos se esmeraban en seleccionar las pepas rojas lo
más rápido posible. Sin embargo, el frío, el hambre y la humedad que desde el
principio se hizo notar no me hacían amena la tarea. Aún me preguntaba para qué carajos se utilizaba
el gancho que en un extremo estaba asegurado a una cuerda de fique. Yo seleccionaba
los granos que desde el siglo XVIII
trajeron los jesuitas a Girón y Muzo -según lo describió Caballero
y Góngora en 1787-, cuando a mitad del
primer surco sentí aproximarse un obrero, que por lo que había escuchado le
decían El Manotas.
En pocos minutos
este joven de unos 35 años se adelantó por su tajo sin mayor esfuerzo. Esto me
sirvió para darme cuenta de que su sobrenombre se debía, tal vez, a la manera
en que este seleccionaba los granos. Aunque contaba con los mismos diez dedos
que todo ser humano suele tener, cada uno de estos era dos veces uno mío, su grosor
se parecía al de un maestro de construcción. Este tipo agarraba las ramas de
café desde su nacimiento y como insinuando arrancarlas de tajo, deslizaba sus
manos a toda velocidad hasta las puntas sin hacer la mínima expresión de dolor
o incomodidad. Definitivamente me vi incitado a cambiar mi técnica, pues
mientras yo cogía pepa por pepa y procuraba no echarle hojas ni frutos verdes
al pote del café, El Manotas pelaba los cafetos sin
consideración alguna; todo paraba en su recipiente: hojas, granos, ramas y hasta los bichos no se salvaban de la
mano del hombre. Este, después de tener repleto el cuncho sacaba lo que no
servía y todo quedaba listo. Quise copiar su técnica pero la cosa no era tan
fácil, ya que cada vez que pasaba mis manos por las ramas salía de mi boca un:
“mmm, ¡Va la madre con estas pepas!”,
expresión que parecía ser efectiva para contrarrestar el dolor, a causa
de alguna astilla o elemento punzante que se clavaba en mis dedos.
Al medio día llamaron para el almuerzo. Apenas
medio jornal y ya me dolían las manos, las tenía ligeramente aruñadas, y mi moral
parecía derrumbarse al darme cuenta de que mi rendimiento como recolector era
similar al de Carolina, una muchacha de unos 18 años que se había enlistado
como obrera. No porque fuera mujer y más joven que yo, no. Sino porque en ella
notaba unas delgadas manos blancas incapaces de desnudar los cafetos de su
follaje. Su cabello castaño que caía hacía la parte derecha reposaba
cómodamente sobre su pecho, marcándose levemente en la parte izquierda el
volumen de uno de sus senos. Un blusón rojo parecía reflejarse en sus labios
delgados y frescos de tono opaco. Su figura armónica, sin duda alguna,
significó para mí un deleite visual y un golpe a mi ego, pues, la jovencita sin
tener que prendérsele a las ramas había recolectado más o menos la misma
cantidad que yo llevaba.
Sentados todos en
cuatro mesas grandes de madera la mayoría comía con bastante apuro, ya que por
cada cinco minutos perdidos se dejaba de coger un kilo de café. Yo comía más
tranquilo y mirando a la chica imaginaba cómo podía ser su vida. En medio de un
mundo de hombres, unas cuantas mujeres, algunos niños y una sola joven que robaba la atención de los que
estábamos allí. Me fijé que la mayoría
de los obreros tenían botas, sombreros, camisas de manga larga y plásticos
atados al cuello y que cubrían la espalda. Yo en cambio, llevaba una camiseta
de manga corta, un pantalón viejo, unas botas North-stars de cuerina, y la única parte que sentía seca era la que
cubría el balde. Yo fui el último en terminar de almorzar. Comí tranquilamente
mientras me distraía viendo las bondades de la naturaleza. No me importaba
perder algunos pesos. Solo quería tomar las cosas con más calma.
Pero esa
tranquilidad duró poco. Una vez que todos estábamos nuevamente en los cafetales los toc- toc percutivos se
escuchaban a prisa, las manotadas de frutos golpeaban los baldes vacíos y cada
vez el sonido estridente se hacía menor.
Cada obrero tenía su ritmo al que
acompañaban con chistes y anécdotas de sus vivencias. Mi anécdota apenas
empezaba. Me esperaban cuatro días más de humedad, frío, hongos en los pies,
picaduras de gusanos, una mordida de un perro, una caída cuesta abajo y el
reguero de café. Un puño de El manotas y también,
tener que pernoctar esos cuatro días en un cuarto largo oscuro que emanaba los
olores de 14 obreros. Solo pensaba que ser obrero es una cosa y campesino otra.
Nada me importaba, con tal de ver las bellezas de la naturaleza. Todo lo
resistí, todo lo soporté y todo valió la pena cuando los labios rosa de
Carolina se juntaron la última noche a los míos.

Interesante crónica Edison. Encuentro de nuevo un texto bien elaborado, la estructura hace que la historia se desenvuelva pertinentemente. Acertada la descripción.
ResponderBorrarEl texto inicia con un título conforme al contenido, plantea una introducción atractiva para el lector en la que se enuncia un suceso real, especifica la ambientación y los personajes. Finalmente, se logra resumir el hecho.
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